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CRONICA DEL CLINIC DE RANDALS BISON - MAYO 2009

El invierno había sido inusualmente largo y especialmente mojado por lo que el paisaje se vestía de un verde intenso, mientras el astro rey se afanaba en resecar con sus rubicundos rayos la todavía húmeda hierba del campo primaveral.

Salpicando de colores diferenciados las laderas de las montañas se divisaban manadas de bisontes y vacas conviviendo en organizada camaradería; aquellos unos expectantes, otros desafiantes, todos imponentes y éstas, mas tranquilas e inopinadamente relajadas, pastando y rumiando con cara de nada.

En medio de todos ellos, bulliciosos e inquietos a lomos de sus espectaculares y briosos caballos: paints, apaloosas, quarters, criollos,…un grupo de cowboys/girls se afanaban en poner un orden aparentemente preconcebido en aquel espectacular cuadro al que, además de la nota cromática de sus monturas, añadían el toque inconfundible de sus atuendos western.

La escena, en la distancia, podría haberse desarrollado perfectamente en alguna recóndita pradera del far west si no fuera porque, al acercarnos y tratar de entender algo coherente entre el típico griterío ensordecedor con que los vaqueros acostumbran a ayudarse en las tareas de acarrear el ganado, se distinguían algunos vocablos en diferentes idiomas: -"allez allez" - "poc a poc" - "mía, mía" - "kontuz "... al tiempo que las gargantas desgranaban en impetuosa comunicación nombres tan poco anglosajones como Juan, Xavi, Pepita, Pedro, Alejandra, Marta, Celsa, Damián, Gabriel, Carlos... ¿quizá fuese México?

Pues no, es la vecina campiña francesa y los terrenos e instalaciones de Randalls Bison ubicados en los aledaños del rústico pueblecito de Lanuejols, donde estos esforzados jinetes algunos aprendices y otros veteranos cowboys se dedicaban a cumplir las instrucciones y cometidos que los expertos directores del clinic, Juan Araquistain y el propietario del rancho, Laurent Balembois, impartían con magistral acierto y "savoir fair" (nunca mas oportunamente dicho).

Alojados en su mayoría en unas encantadoras casitas de madera y piedra situadas en la propia finca y en un camping cercano respectivamente, los participantes convivían en armoniosa camaradería al mas puro estilo de los legendarios rancheros obviando las nimias incomodidades de esta forma de vida con una férrea vocación que convertía a diario las pequeñas incidencias en divertidas anécdotas, jocosamente celebradas en las habituales reuniones del grupo.

La dificultad de comprensión de las palabras de Laurent (habla un francés muy cerrado) se disipaba al verle evolucionar con el ganado a lomos de su caballo siendo por sí sola esta visión una lección implícita para todos, al tiempo que el verbo experimentado, acertado y directo de Juan hacía de cada sugerencia un descubrimiento interno para cada jinete tanto en los aspectos de la monta western funcional como en su aplicación al trabajo con ganado y a la competición.

Entre práctica y práctica, reuniones del grupo tanto para comer en animada charla como para visualizar, repasar y corregir lo acontecido.

En las comidas, siempre dentro del rancho, el bisonte, como no, en diferentes presentaciones, era el plato insignia y repetido la mayoría de los días, volviendo a la inversa el conocido refrán, aquí de lo que se cría se come. Si bien, las escasas reticencias iniciales desaparecieron cuando alguien corrió la voz de que, siendo el bisonte un bicho tan peludo pues, el pelo también crecía por mor de que de lo que se come se cría y esto terminó por entusiasmar a una buena parte de los mas talluditos.

En las reuniones de visualización y repaso las disertaciones de Juan eran absorbidas con silencioso interés por los presentes. Silencio ocasionalmente interrumpido por, hora una pregunta, hora un chascarrillo aportados distintamente por los mas aplicados o los mas ocurrentes, si bien cuando la reunión era en horas de siesta, había quien, cual oso cavernario, lo que absorbía con fuerte y violento trepidar de laringe era el aire de la estancia, devolviéndolo de inmediato, eso sí, en forma de prolongado silbido.

Ni qué decir tiene que este tipo de actuaciones fueron de lo más celebradas hasta que el último día nuestros amigos franceses nos obsequiaron con una cena fiesta por todo lo alto, con música country, grupo de line dance y una formidable exhibición de lo que me aventuro a denominar "sleeping table" en que nuestros espectaculares centauros se convirtieron por un momento en faunos proyectiles que, tras fuerte impulso, se arrojaban y deslizaban por largas mesas, convenientemente encharcadas, a modo vasos de güisqui por una larga barra de un saloon del wild pero wild west.

Podría extender esta crónica hablando de las excelencias de la organización, la calidad del magisterio, lo agradable de la camaradería, las para muchos nuevas experiencias o lo mas importante para mí lo mucho que he aprendido, pero creo que puedo resumir todo solo con manifestar una intención: volveré.

McClaud

 

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